martes, 10 de agosto de 2010

La Señorita de la Seguridad Social, por Silvia M. López Torepe



De las primeras cosas que aprendí del teatro es que tienes que defender a tu personaje por encima de todo. Da igual que seas un asesino en serie. Tú tienes que defenderlo como si te fuera la vida en ello frente al resto. Tienes que comprenderlo y quererlo, porque tú eres el personaje, porque tú eres quien ha asesinado, porque tú sabes los motivos por los que lo asesinas, porque tú razonas, actúas, sientes como el asesino que eres (durante la representación). Acto seguido me explicaron que no era necesario que yo asesinara a gente para meterme en la piel de un asesino. 

A veces la línea que separa realidad y ficción es muy delgada, a pesar de que todos te explican que los límites entre tú y tu personaje tienen que estar bien delimitados desde el primer momento. Así, actores que pasaron muchos meses preparando un personaje conflictivo rozaron la locura. Así lo afirmaba sin pudor Jack Nicholson en referencia a un papel que se ha convertido prácticamente en un símil de maldición: el “jocker”. Ahí queda para la historia ese óscar póstumo a Heath Ledger por su enorme interpretación, en mi modesta opinión, de este personaje. Fue su último trabajo. Muchos piensan que el “jocker” le”consumió”, le “absorbió” totalmente su “vida real”.

La mayoría de los profesores y directores que he tenido, me pedían que asociara los sentimientos del personaje que estuviera interpretando a experiencias personales, para evitar que estuviera hueco por dentro. En mi caso, más que buscar en mí, busqué en otros. Todos hemos topado alguna vez con un trabajador burocrático como la Señorita de la Seguridad Social: antipático, impaciente y carente de cualquier tipo de empatía.
El texto quiso que la primera parte de la escena me invitara a resaltar estos aspectos. La Señorita de la Seguridad Social es en cierto sentido una máquina, que va despachando a la gente de una agobiante cola, como si estuviera en una carnicería. Los afectados le cuentan su historia – como no podía ser de otra manera, la señorita exige brevedad con exasperación - y ella ofrece la solución ipso facto. Le han enseñado a ser rápida y eficaz. Hacía referencia unas líneas más arriba a su deshumanización en el sentido de que tú le haces una pregunta y ella automáticamente te contesta, como si alguien hubiera pulsado el “play” de una “cassete” (que comparación más desfasada en el tiempo) y recitara de memoria su discurso para concluir con una falsa sonrisa. Como les sucede a las cajeras del supermercado al que vamos todos los días: “buenos días, señor”, una sonrisa de oreja a oreja, “hoy tenemos de oferta las patatas al punto de sal, ¿le interesa?”, decir el precio, preguntar si tiene tarjeta del establecimiento, sonrisa de oreja a oreja y “que tenga un buen día, señor”. Si uno de estos detalles falla, por lo que sea, porque somos humanos y no todos los días tenemos el cuerpo para sonreír a ciertos clientes, o porque olvidamos una de las ofertas que deberíamos promocionar, ahí surgirá alguno de nuestros superiores, como las setas en otoño, para darnos un toque de atención.

El automatismo no está sólo en los contestadores automáticos (“para salir pulse cero, para opciones personales pulse uno...”) o en las máquinas que amablemente nos atienden cuando queremos reservar un billete de tren (“Elija su destino; Galicia; no le he entendido, por favor repita; (gritas) Galicia; no le he entendido, por favor repita; (gritas más) Galicia; no le he entendido, por favor repita; (gritas desesperadamente) Galicia; ha dicho usted Alpedrete. Por favor, confirme su repuesta; tiras el teléfono al suelo). El automatismo está también en esa funcionaria del ministerio de becas que tras un monótono “el siguiente”, te está esperando al acecho, para lucirse, para demostrarte que le preguntes por la beca que le preguntes, ella será capaz de sacarte ipso facto el montón de hojas que te corresponde firmar, y te lo explicará tan rápidamente que, cuando hayas conseguido recoger todas tus hojas, - lo cual es un primer logro - , necesitarás después tu tiempo para asimilar todas esas instrucciones. Un último ejemplo: la azafata con cara de acelga, que muestra su enfado a la hora de explicar, después de haberlo hecho quinientas veces en su vida, dónde están las salidas del avión.

Pero puede darse el caso de que un día, cada vez que la azafata muestre una salida la gente responda con un “olé” y que la aplaudan después de su explicación. Es en estos días, cuando ni la azafata más amargada y reprimida, la más estresada y absorbida por la vorágine de una sociedad en la que no hay tiempo de gestos humanos, es incapaz de no esbozar una sonrisa. Seguramente muchas de ellas se irían sonriendo de verdad, pensando en cómo le contaría a sus compañeros que los de la clase turista tienen ganas de gresca.

Creo que la Señorita de la Seguridad Social tiene algo de esto, aunque no reaccione de la misma manera. Comienza siendo fría, seca, cortante con el hombre. Pero la curiosidad le va picando morbosamente hasta que termina anonadada con las historias que le cuenta aquel hombre. Este proceso de transformación en la Señorita, pasará por su esperpentización. Deja de ser un estereotipo de la sociedad en la que vivimos para ser un fantoche, que actúa gesticulando ridículamente. El Hombre puede manejar los hilos de la muñequita a su antojo. De ahí la tristeza y, quizás, el desconcierto que le provoca a la señorita la marcha del personaje masculino. 

Creo sinceramente que mi personaje (junto al del Guardia) es el más entrañable. La escena de la señorita, junto con la del Guardia y la del Ciudadano 1 es la que más me gusta. Igual es porque como es el que tengo que representar, lo defiendo a muerte como me enseñaron. Pero lo cierto es que desde la primera vez que leí su parte ya empecé a poner esas caras raras que se señalan en las acotaciones, y me enamoré de este personaje desde el minuto uno.

Termino con una última reflexión. Decía Buero Vallejo que lo mejor de Valle se daba cuando no era fiel a su teoría. Yo no puedo ser indiferente en Martes de carnaval al militar que mata a su hija, o al conmovedor abrazo entre el preso catalán y Max Estrella, en Luces de bohemia. De la misma manera, el final de la escena de la señorita me da qué pensar. Parece que en ella se ha despertado algo nuevo. Y quizás el Hombre tenga razón y la Señorita le olvide y olvide todo lo que han compartido cuando se vaya. Pero también puede ser que la señorita no lo olvide. La obra no nos permite ver si este cambio afecta a la señorita positivamente, o al contrario todo sigue igual que siempre. He aquí la magia del teatro: los personajes seguirán teniendo vida más allá del espectáculo, y nosotros podemos especular sobre qué les deparará el futuro. Pero tan sólo son eso: especulaciones.

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